Ir al contenido principal

A veces como el cielo, a veces como el mar.

Ella me habla de mí (por no decir que me está desahuevando), de mi forma de ver las cosas. Hace dos meses volví a Perú, hace dos meses no he vuelto a escuchar su voz, hasta hoy.

-Planeo quedarme en Perú este año, trabajaré en la empresa de mis padres. -le dije echado boca arriba en mi cuarto-. Hubo silencio en la llamada. Ella no estuvo del todo de acuerdo o si quiera no lo estuvo en un mal sentido.

-Sos grande ya, tenés que hacer lo que quieras de tu vida, no tenés nada que te ate a Perú, ¡no sos papá de una familia!, ¡no tenés que mantener a nadie!, si querés podés mudarte a Buenos Aires y trabajar aquí. Si tenés que mudarte a un barrio croto ¡lo hacés! ¿entendés?, si querés ¡lo hacés Farly!. 

Yo solo me quedé en silencio, me preguntaba en qué momento ella, menor que yo parecía tener las cosas más claras?, en qué momento parecía tener más huevos que yo para vivir la vida?, ¿Tal vez la situación de su madre le haría ver las cosas de otra forma?. Atiné a quedarme callado pues las cosas que decía tenían sentido.

-No creo que quieras ir a visitarme a un barrio croto. -agregué-.
-¡Si lo haría! -me calló sin titubeos-. Me instalaría en tu casa. Si tenés que empezar de cero... ¡lo hacés!, ¿entendés?. 

Me quedé callado una vez más, ¿Me decía las cosas así por hacerse la canchera o porque de verdad veía la vida de esa manera?. No lo sé, supongo que lo pensaré más adelante y probablemente encuentre respuesta. Ella continuó diciéndome cosas sobre la vida, sobre mi vida y sobre cómo veía particularmente en la suya el mundo. Yo impresionado, la escuchaba completamente mudo y sin paciencia caí en cuenta que tal vez así debería sonar la mujer de mi vida, que aparentemente nada en ese momento sonaba más importante que ella puteándome en español rioplatense y con un lindo dejo del sur de su país, que todas las dudas (propias de mis complejos) el tiempo que nos vimos, respecto a ella como; su voz a veces nasal, su altura, su nariz o su frente no importaban, todo quedaba reducido porque ella siendo ella, preocupándose por mí y yo escuchándola y convenciéndome de que lo hacía de verdad... se volvía la persona más importante en el mundo en ese momento ¿Quién era más importante entonces? ¿Quién existía en ese momento? Nadie. Ella y yo al teléfono. Ella hablando así, repitiéndome más de una vez "vos podés más", "vos podés más", "vos podés más", "vos podés más". Ella siendo ella, solo eso, pero siendo ella solo para mí, se volvía todo lo que necesité o lo que fuera a necesitar en cualquier momento de mi vida. 
Sigo echado, veo el techo de mi cuarto mientras su voz se hace melodía y empiezo a ver a mi madre en el aeropuerto de Arequipa despidiendo a un muchacho de 17 años con campera de cuero, mochila colgada, maleta de ruedas y un estuche de guitarra, el muchacho subirá a un avión, hará una ruta por Santiago de Chile y finalmente Buenos Aires. Mi madre le dice "No te preocupes, vas a conocer a una mina hermosa" porque meses atrás su mejor amigo, cofundador y pianista de su banda a quien conocía desde los 9 años, sostenía (sin éxito) a escondidas una relación amorosa con su novia y él lo sabía. Mi madre lo besa en la frente y se despide. La música se hace voz otra vez y caigo en sus palabras nuevamente, no ha parado de sermonearme. 

-¡Tenés 23 años!, ¡podés hacer lo que quieras!. 

Y vuelvo a divagar, otra vez veo a mamá, estamos conversando, le estoy hablando de ella, de mi interlocutora al otro lado del parlante, le digo que la encontré, que efectivamente tan bruja como madre había acertado una vez más, que tenía razón, que había conocido a una "mina hermosa".  Inmediatamente la veo caminar por el mismo aeropuerto donde años atrás mamá me despedía, que está en Arequipa, ha llegado y se la presento y hablan y conversan y se llevan tan bien que ella le dice a mamá algo característico de mí y las dos asienten como si estuvieran de acuerdo que ambas coinciden en conocerme.

-¡¡¿Entendeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeés??!!  -Rompió mi silencio-. 
-¡Si!, ¡claro!, tienes razón. -añadí-.
-Farly, escuchame -tomó un bocado de aire antes de hablar y ralentizando vocalizó con calma y seguridad- Todo termina estando siempre donde debe estar. Tranquilo.
-Si, lo sé. -le respondí-. Mientras seguía mirando el techo.  

***********************************************************************

Ayer volvimos a hablar por teléfono. Su madre se está muriendo, lleva una semana en coma. Ella antes de hablar conmigo ha estado llorando, puedo saberlo en su voz y cree que no me doy cuenta, tal vez no le importe, tal vez si. Ayer me dijo muchas cosas, me habló de sus padres que se conocieron a los 15 años, que su madre quedó embarazada a los 19 y que su papá tuvo que trabajar desde los 20, la verdad sentí un poco de vergüenza, hace bastante que me ahoga la sensación de no hacer nada (o de creer que no hago nada), antes más que ahora dado que hoy por hoy tengo un trabajo e intento hacer siempre cosas. Las hago todos los días. 

***********************************************************************

"Hay días en que la recuerdo y me pregunto: ¿Qué estará haciendo? 
Hay noches en que la extraño y me pregunto: ¿Qué me estoy haciendo?".

                                                                                            Mario Vargas Llosa. 

***********************************************************************

Si tenía la plata. Podía viajar, poseía un monto exacto para el vuelo de ida más maletas en bodega con toda mi ropa y todos mis libros. ¿Era cobarde no hacer un vuelo con características suicidas?, en el sentido de irme con guita solo para poder llegar y luego trabajar allá y ver formas de sustentarme ¿podría hacerlo?, ¿me estaré perdiendo acaso una gran historia para mis nietos si desisto? ¿y si todo sale bien?, ¿y si todo sale mal?, si su padre, con mujer, una hija y 20 años sacó una empresa adelante y se posicionó en el futuro que le esperaría ¿por qué yo con 23 no podría subirme a un avión, ir donde ella y continuar mi vida allá?. Entro a una recepción. Una morocha de piernas curvadas en pantimedias dice mi nombre, me pongo de pie e ingreso a un despacho, me estoy presentando en un diario famoso de la ciudad. Visto camisa y llevo el pelo peinado, todos mis rasgos están bien marcados, estoy completamente alineado, todo mi ser es una flecha que apunta a un único objetivo. Me siento al frente de un escritorio, el corazón lo siento a tope, está sobre mi pecho por encima de mi ropa, hay un hombre mayor de bigote del otro lado con fuertes líneas de expresión en el rostro y una mirada fría, sus ojos son celestes como el cielo y su bandera y yo lo miro con fuego, con toda mi selva escapándose, ladrando, atravesando mis pupilas como si él supiera que me he ido de mi país con muchos huevos y he decidido instalarme aquí en la ciudad de la furia, la urbe de Cerati, porque he quemado los barcos, he venido por "el gordo", le estoy apostando a la vocación que siempre quise, al tipo de vida que he leído en las novelas que me apasionan y que me arraigo a un país que no es mío y sin serlo me infla el pecho, porque encima esta tierra me ha puesto sobre la mesa al amor de mi vida. Lo miro así, comunicando todo eso. Terminamos de conversar, entonces él se pone de pie, yo estoy de pie también, me alza la mano, yo la tomo y nos estrechamos con fuerza mientras pienso: "si todo termina estando siempre donde debe estar yo voy a vivir aquí en Buenos Aires escribiendo, voy a vivir de mis letras".  

**********************************************************************

Su madre ha muerto. Nunca le dije que al enterarme, al leer su mensaje arranqué a llorar.
Lloré por ella, por su madre, por no haber conocido a la mujer que crió a la mujer que me desahuevaba y me volvía loco para bien y mal. Lloré por su dolor, por si lo liberaba al instante o después cualquier día que ella decida gritar y explotar. Lloré por llorar como si en algún punto pudiera desfogar el peso que fuese que cargara su alma. 
Entonces recuerdo, que en alguna llamada me confesó que a su madre le habló de mí y también que consiguió mostrarle  el libro de cuentos que le regalé un día antes de volar.
Entonces ingreso a la recepción del hospital de uno de los barrios más caros del centro de la ciudad, mañana voy a verme con ella, mañana le voy a regalar el libro y todavía no lo sabe, me acerco a un mostrador y digo que vine desde Perú a visitar a mi tía, que sabía de su estado y que necesitaba con urgencia despedirme de ella porque en dos días volaba de regreso, muestro mi ticket de avión esperando influenciar y después doy su apellido, me confirman su estadía y me dan el número de habitación pero me indican que no puedo pasar. Me doy vuelta y en un despiste de la recepcionista me empujo por un pasillo que conecta a una sala e ingreso por un ascensor. Al salir leo un letrero en un altillo que dice "cuidados intensivos". Ingreso a la habitación y veo una mujer recostada. Era ella, sin dudas era ella, vi en su rostro el rostro de quien yo conocía, la curva de la mandíbula y el mentón, la forma cóncava de la frente, el color del pelo, las proporciones del rostro eran más que parecidas. Ella es su mamá -pensé-. Entonces saco el libro de Poe de mi bolsillo, abro la tapa, paso la primera hoja, ignoro el epígrafe, me acerco, extiendo el brazo y le doy vuelta al libro para que lo lea. Una enfermera me ve por la ventanilla de la puerta que se abre hacia ambos lados e ingresa a la habitación, se me acerca, me va a echar. Veo solo sus pupilas voltear hacia mí, se detienen en la hoja que le estoy mostrando y entonces la veo leer mi dedicatoria. Y mientras la enfermera me sujeta del brazo tirándome hacia atrás alcanzo a decir:  "para .... a veces como el cielo, a veces como el mar". 

Y ahora veo la puerta de un colectivo cerrarse, se lo acabo de regalar, ella se va con ese libro en las manos, semanas más tarde me llamará y me dirá que se lo mostró a su mamá. Ella no sabe que ese libro me lo obsequió la mamá de mi amigo, el dueño del departamento donde me he estado quedando en Buenos Aires y a donde regreso en este momento cabizbajo. Su madre me regala ese libro en Enero de este año en el puerto de Mollendo, yo lo llevo a Arequipa, por alguna razón lo elijo en Agosto para llevarlo a mi viaje Buenos Aires y que mitigue mis tiempos libres. Ahora se lo he dado a ella y ella lo ha llevado al hospital y se lo ha mostrado a su mamá. Tal vez las cosas de la vida funcionan así, parece que las historias de todos están escritas ya y que todo termina estando siempre donde debe estar, como ese libro, que embarcó un viaje desde el puerto Mollendino, cruzó por Santiago de Chile y terminó en el Río de la Plata en otra biblioteca, donde debía llegar. 
Yo me estoy dando vuelta ahora, me alejo de la parada del colectivo, cruzo las esquinas sin ver de lado a lado, no les tomo importancia porque si todo termina estando siempre donde debe estar yo me quedaré aquí -pienso-. Y me veo entonces cruzar las calles y las avenidas sin mirar a los costados, siento las motos de repartidores pasando por ambos de mis flancos a toda velocidad y en mi andar reconozco sangre en la punta de mi lengua, me he estado mordiendo los labios sin darme cuenta mientras caminaba, entonces cierro los ojos y camino para terminar de cruzar e imagino que un auto me impacta, que me saca volando y  me rompe una pierna, me hospitalizan y pierdo el vuelo mañana y no debo irme. Pero no sucede, estoy ahora introduciendo la llave por la cerradura del edificio, saludo a vecinos que no veré nunca más en mi vida porque ni siquiera vivo aquí, entro al departamento de mi amigo y me ahogo en la certeza que es lo mejor que he escrito hasta la fecha, que después del texto de "la noche que nunca sucedió", esos versos "a veces como el cielo, a veces como el mar" son lo más propio que me ha nacido, que estoy enamorado de mi frase, que por fin soy un autor y esas líneas mi único hijo y se están yendo, se están alejando de mí para siempre, que se van con ella en este momento y yo aquí parado en una sala que no me pertenece pensando que como todo termina estando siempre donde debe estar, yo estoy en Perú, aquí en mi escritorio escribiendo de cuajo hace dos días seguidos este texto que ha terminado con mi odio. Porque le he estado huyendo hace mucho, temía no tener capacidad de desglosar esas líneas que llevaban meses buscándome, porque me encarcelé en 10 palabras y me comprometí con dos versos si saber si podría dar la cara. Y ayer ha llegado todo, me senté y no paré hasta terminarlo, tantas ideas por encima y yo buscando letras que funcionen, que se sientan, que tengan voz, porque no he sabido como encarar esto y hoy siento que por fin, después de mucho, nos  hemos encontrado y acabamos de rompernos la cara a trompadas. Y parece que solo así puedo ser lo que creo mejor ser. Un fabulador. Ella está allá en Argentina con mi libro que ahora es suyo en su biblioteca y mis versos, mis líneas se han quedado ahí; en los ojos y la memoria de su mamá, en la camilla de un hospital donde los leyó, justo donde debían llegar. 

                                                                      





    

Comentarios

Entradas más populares de este blog

¡¿Aló señor Bayly?!, le habla Farly.

Se escucha un tono de llamada en espera. Alguien contesta: -¿Aló?   -Hola, si. -¿Señor Bayly? -Si, si con él.  -¡Señor Bayly!, le habla Farly, me pidió que me lo llamara. -¡Ohhhh!, ¡Farly!, que bueno que decidiste llamar, eres el muchachito cineasta ¿verdad?.  -Si Señor Bayly. -Pude escuchar pequeñas carcajadas del otro lado del parlante, era como si mientras habláramos pudiera ver la curva de su sonrisa y todos sus gestos de su rostro-.  -Farly. ¿Conoces el hotel Marriot? porque me dijiste que eras de provincia verdad?, ¿lo conoces? -Si señor Bayly, soy Arequipeño. El hotel Marriot, ¡claro que lo conozco!, de hecho no estoy lejos -no sabía donde quedaba-. -¡Maravilloso!, te espero aquí a las 9:00 de la noche, me gustaría conversar contigo, sé puntual que mañana debo volver a Miami. Me quedé en silencio. No respondí nada, no pude hacerlo. Del otro lado del parlante pude escuchar una leve pero pícara carcajada y luego el sonido de quien cuelga una llamada, eviden...

El vacío.

Vuelve a escribir-me dijo.  Tienes mucho para contar, has vivido en otro país-añadió. Regresé a casa pensando más de lo habitual ese día, aquello que mi amigo me comentó en tanto para motivarme era también un empujón al vacío de las letras otra vez. No se me ocurre otro nombre (sin querer caer en las metáforas) para nombrar este tipo de elecciones, porque escribir (pienso por ahora) es arrojarse a un vacío. Caer y no saber hacia donde. Caer y en plena caída a contra tiempo ingeniar la forma de hacer crecer alas y evitar el impacto. Muchos escritores creen haber detenido la caída y evitar el impacto, creen haber encontrado un lugar seguro en el vacío, un lugar donde el choque es una opción y en falaces hipótesis olvidan el instante de su salto en el barranco. Son escritores que se han cegado por el vértigo, cuando en realidad no tienen alas y posiblemente no las tengan tampoco, se han comprometido a engañarse  y no divisan algún suelo próximo con el que impacten. Algunos despie...